John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)

miércoles, 8 de noviembre de 2017

DESHOJANDO LIBROS


Amo los libros. Vivo rodeada de ellos. Ver un libro estropeado, con las tapas arrancadas, o las páginas alabeadas por la humedad, me produce desazón, como si el libro estuviese lisiado, enfermo, necesitado de cuidados y cariño. Y ya no digamos la idea de que alguien arranque las hojas de un libro. Me parece una falta de respeto lindante con la tortura. Sin embargo... resulta que he leído un cuento sobre alguien que destripa libros y me ha gustado. Incluso diría que he encontrado algo inspirador en ello. Que no cunda el pánico. No me voy a poner a arrancar hojas como una posesa, sin duda seguiré cuidando de mis libros lo mejor que sé, pero la literatura tiene eso: planta una semilla en tu cabeza, y nunca se sabe a dónde puede llevarte eso. Déjenme que les cuente. Todo es culpa de una escritora llamada Ali Smith. Escocesa, por más señas. Que escribe unos cuentos y unas novelas que te dejan, ¿cómo decirlo?.. lo cierto es que nunca son lo que esperas. En una antología recientemente publicada, Amor libre, hay un relato, que lleva por título "Lectura del día" que no puede dejar indiferente a ningún bibliómano. Su protagonista, Melissa, es una joven que tiene el piso lleno de libros. (Empieza bien, ¿verdad?) La autora nos dice que en su piso hay:
"Libros y libros, libros de libros desplazándose imperceptiblemente de noche mientras los cimientos del bloque de pisos reformado hacían estremecerse al edificio. Libros los unos contra los otros, tan juntos que las cubiertas de varios de ellos se habían pegado; de haber querido sacar Villette de Charlotte Brontë (Penguin) para releerlo, por ejemplo, Melissa lo habría encontrado pegado de un lado a Shirley (Penguin) y del otro a un ejemplar de 1933 de Testament of Youth de Vera Brittain (Gollancz), firmado por la autora, que había encontrado por cincuenta peniques en el mercadillo de una biblioteca pública."
(Hasta aquí, nada raro; el bibliómano se siente plenamente identificado. Piensa, incluso, qué libros de su propia estantería se quedarían enganchados unos a otros.) Pero un buen día Melissa parece hartarse de todo: deja a su novio, no va a trabajar, deja de pagar las facturas y, por último, empieza a desparramar los libros por todo el piso. (Mal síntoma, piensa el bibliómano.) Y luego, desaparece. Su amiga Austen (un nombre perfecto para la amiga de una amante de los libros), va a su piso y lo encuentra así:
"los libros, los libros, la niña de sus ojos, se veían rarísimos en esas dos estancias, tan desordenados, tirados por el suelo o apilados al azar, inmensos huecos en las estanterías, pared arriba, libros tumbados, inclinados, hasta libros desperdigados por el baño y todo."
(En efecto, algo va muy mal, corrobora nuestro avezado lector.)   
Mientras, en algún otro lugar, Melissa ha emprendido una peculiar campaña de lectura. Una lectura que consiste en ir arrancando las hojas de los libros que va leyendo, dejando que vuelen por ahí, Sistemáticamente, relee sus libros favoritos y los deshoja. La lista es larga y dolorosa. Pero ella solo siente alivio. Como cuando, sentada sobre la lápida de un cementerio, deshoja nada menos que a Joyce:
"Dublineses lo había releído, disfrutándolo inmensamente, arrancando las páginas según las iba terminando y dejándolas caer mientras caminaba o estaba sentada. Nunca había disfrutado tanto la lectura de «Los muertos», descubrió Melissa mientras, al borde de las lágrimas, arrancaba la última página, la página sobre la nieve, y la dejó caer."
(¡Ah! aquí el bibliómano siente nacer una llamita en su interior: recuerda ese último párrafo magistral de "Los muertos" en el que cae la nieve  sobre Dublín, y sobre la tumba de Michael Furey, muerto hace tantos años. La nieve "reposaba espesa, al azar, sobre una cruz corva y sobre una losa, sobre las lanzas de la cancela y sobre las espinas yermas". Cae sobre el universo, "sobre todos los vivos y sobre los muertos". Derramar las hojas de "Los muertos" sobre la lápida de un cementerio nevado le parece súbitamente una buena idea.) A veces, esas hojas las encuentra gente corriente, que va por la calle, o en el autobús. Y, también a veces, esas briznas de literatura tienen efectos inesperados. Como le ocurre a la mujer que encuentra el fragmento de un poema enganchado a su zapato de tacón: 
"Las palabras que había pinchado con el tacón le parecieron preciosas, y dobló el papel y lo metió en un escondrijo secreto, debajo del forro del cajón del maquillaje. No le contó a nadie que las había encontrado."
 (Sembrar literatura, piensa el bibliómano. Tal vez, tal vez, deshojar libros no esté tan mal.) No voy a revelarles lo que ocurre al final, ya bastante les he adelantado. Léanlo, se lo recomiendo. Solo les diré que, paradójicamente, esta joven que deshoja libros transmite un inmenso amor por ellos. (El bibliómano, sonriente, manifiesta su aprobación.)

Ali Smith. Por supuesto, rodeada de libros.
(Foto New Statesman)


domingo, 29 de octubre de 2017

LA SEGUNDA NOVELA


Escribir una novela es un trabajo largo y complejo. Conseguir, además, publicarla, más difícil todavía. Basta con preguntar a los miles de escritores que con sus manuscritos -metafóricamente- bajo el brazo, llaman en vano a las puertas de los editores. Cuando, al fin, uno de estos escritores noveles ve por primera vez su novela en forma de libro siente que ha alcanzado su meta. ¡Ha comenzado su carrera literaria! Sin embargo, la ruta hacia la gloria y la fama está plagada de obstáculos. Las primeras novelas, a menudo, pasan desapercibidas. ¿Quién se fija en un nombre desconocido cuando hay tanto escritor famoso compitiendo por la atención del público? Ese, no cabe duda, es el primer tropiezo. (Para saber más sobre las dificultades a las que se enfrentan los escritores que empiezan, recomiendo un delicioso libro sobre el fracaso editorial, que lleva el paradójico título de Éxito). Pero supongamos que -por uno de esos golpes de fortuna que ocurren a veces, o porque realmente se trata de una obra excepcional- esa primera novela que asoma tímidamente al mercado se convierte en un éxito. ¿Podemos decir entonces que el camino de su autor se ha allanado? Ni mucho menos. Triunfar con una primera novela es -o puede serlo, hay numerosos casos documentados- un regalo envenenado. Con un listón tan alto, ¿cómo cumplir con las expectativas creadas? Los hay que nunca lo consiguen y, tras un fulgurante comienzo, decepcionan a su público con las sucesivas novelas. O que se quedan tan paralizados por el temor al fracaso, que nunca más escriben o sólo lo hacen tras muchos años de silencio. Véase lo ocurrido con Arundhati Roy, cuya segunda novela ha tardado nada menos que veinte años en ver la luz. El pánico, a veces, demuestra ser infundado: Marylinne Robinson obtuvo en 1994 el Premio Pulitzer por su novela Vida hogareña; hasta 24 años más tarde no publicaría la segunda, Gilead, que, lejos de decepcionar... ¡recibió de nuevo este mismo galardón! La segunda novela, pues, es traicionera. Puede ser tu consagración, pero también la tumba de tus ambiciones. 
Conscientes de la inmensa dificultad de revalidar con una segunda novela el talento que apuntaba en la primera, en Gran Bretaña crearon hace ya algunos años un premio, el Encore Award -patrocinado por la Royal Society of Literature-, específico para segundas novelas. Según rezan sus bases, está pensado para premiar a "aquellos escritores que hayan igualado o superado el nivel de un debut excelente o que hayan sido capaces de recuperarse de un inicio poco prometedor". Como es de esperar, los contendientes cada año no son demasiados. Se publican infinidad de novelas, pero sólo un puñado de ellas son precisamente segundas novelas que cumplan con los requisitos de este galardón. Entre los premiados, hay nombres que no sólo han demostrado su valía con una segunda novela, sino que han continuado creciendo como escritores con sus sucesivas obras: Ali Smith (2002), Anne Enright (2001) o Colm Tóibin (1993) son algunos ejemplos de ello. 

Siete años después de recibir el premio Encore
por su segunda novela, Anne Enright obtuvo el
prestigioso Booker Prize

Stephen Fry, en su discurso de presentación del premio, supo poner el dedo en la llaga al decir que:
"El problema de la segunda novela es que, comparada con la primera, no cuesta nada escribirla. Si escribí mi primera novela en un mes y tardé dos años en completar la segunda, ¿cuál escribí más deprisa? La segunda, por supuesto. Escribir la primera me llevó 23 años y en ella está contenida la experiencia, el dolor, la ira, el amor, la esperanza, la invención cómica y el desespero de toda una vida. La segunda novela es un acto de escritura profesional. Por eso es tanto más difícil" 
Seguro que están ustedes dándole vueltas al asunto, intentando recordar qué segundas novelas dignas de las primeras conocen. Voy a ayudarles un poco, porque hay segundas novelas realmente deslumbrantes. Por ejemplo, Orgullo y prejuicio, de Jane Austen (que siguió a Sentido y sensibilidad); Oliver Twist, de Charles Dickens (precedida por Los papeles del club Pickwick) o el Ulises, de James Joyce (la primera novela de Joyce fue Retrato del artista adolescente). No está mal para ser unas segundonas. 

domingo, 15 de octubre de 2017

NAPOLEÓN Y LA LECTURA

El emperador en su estudio, por Jacques Louis David

Lamentablemente, parece que vivimos una época de gobernantes poco amantes de las letras, cuando no casi alérgicos a ellas. El actual presidente de los Estados Unidos -cuyo nombre prefiero no pronunciar- dice no haber leído ningún libro en los últimos años. Falta de tiempo, argumenta. Por supuesto que todos los lectores sabemos que esa no es una excusa válida. Además, muchos otros ocupantes del cargo han cultivado la lectura. Sin ánimo de comparar a ese personaje con gentes cuya estatura intelectual y política le convierten en un pigmeo, quizás le daría qué pensar  -aunque puede que tampoco tenga tiempo para reflexionar- el que figuras de tal relevancia histórica como Alejandro Magno o Napoleón fuesen grandes lectores. Del primero, es verdad, lo que se sabe está envuelto en brumas -dado que no se conserva ningún testimonio directo de contemporáneos suyos-, pero resulta plausible que Aristóteles, su maestro, le inculcase el amor por la lectura. La leyenda dice, al menos, que su autor de cabecera era Homero y que tenía siempre un ejemplar de La Ilíada cerca. De Napoleón poseemos mucha más documentación y no cabe duda de que era un ávido lector. No solo eso, también valoraba el aspecto físico del libro: el papel, la buena encuadernación, las bibliotecas... Como le sucede a la mayoría de los infectados por el virus de la lectura, la afición le venía de lejos. Según cuenta la amena obrita de Antoine Guillois, Les Bibliothèques particulières de l'empereur Napoleón (París, 1900), ya en su juventud devoró todas las obras contenidas en la biblioteca familiar de Ajaccio, y entre ellas sentía predilección por las Vidas de Plutarco y -cómo no- por Homero. Más adelante, se aficionó a Rousseau -cuyas obras pedía a un librero de Ginebra- y leyó, entre muchos otros autores, a Mme. de Staël y a Francis Bacon. Cuando, ya encumbrado al cargo de cónsul, se instaló con Josefina en la Malmaison, se hizo construir allí una hermosa biblioteca, donde reunió más de cinco mil ejemplares, sobre todo obras de historia y de filosofía, y que era su lugar de trabajo preferido. 

Biblioteca del Château de la Malmaison

Como era costumbre, hizo encuadernar todos los volúmenes en cuero, con las iniciales B y P entrelazadas en el lomo (de Bonaparte-La Pagerie, que era el nombre de la familia de Josefina) y "Malmaison " en letras doradas en la tapa. Algunos de ellos participaron, en el equipaje del general, de la campaña de Egipto. Por desgracia, esta biblioteca se dispersó, vendida en subasta en 1827, a la muerte de Eugène Beauharnais. (¡Qué no daría una por tocar alguno de estos libros, ya no digamos por poseerlo!) 
No contento con llevar consigo libros durante sus desplazamientos, le interesaba estar informado sobre las nuevas publicaciones. Así, durante la campaña de Jena, le ordenó a su secretario que redactase la siguiente misiva:
"El emperador se queja de que no recibe novedades de París. Sin embargo, le sería usted fácil enviarnos cada día dos o tres volúmenes, con el correo que sale a las ocho de la mañana."
Y es que acostumbraba a entretener los viajes y las campañas leyendo; su berlina estaba dispuesta de modo que facilitase la lectura. Cuando un libro no le gustaba, Napoleón tenía la costumbre de tirarlo por la ventanilla, de modo que podríamos decir que fue dejando un rastro de libros por Europa. Tal era su avidez lectora que hasta llegó a idear una "biblioteca de viaje" que contuviese los libros que consideraba imprescindibles y a establecer las medidas y el tipo de encuadernación que debían tener. Estos libros iban protegidos en una caja de madera, para facilitar su transporte:




Como se puede observar, la propia caja tiene forma de libro, conformando así un falso libro con muchos libros dentro. No satisfecho con este arreglo, en 1808 le dio las siguientes instrucciones a su bibliotecario:
"El Emperador desea formar una biblioteca de viaje de mil volúmenes en formato de doceavo, impresos en tipografía Didot. Es intención de Su Majestad que dichas obras se impriman para su uso personal y, para economizar espacio, no deben llevar márgenes. Deben tener entre quinientas y seiscientas páginas, y estar encuadernadas con cubiertas lo más flexibles posible. Deberá haber cuarenta obras sobre religión, cuarenta obras dramáticas, cuarenta volúmenes de épica y sesenta de otras poesías, cien novelas y sesenta volúmenes de historia, siendo el resto memorias históricas de todas las épocas."
Finalmente, este proyecto no llegó a materializarse, pero ser el bibliotecario de Napoleón no era ninguna sinecura. El emperador no sólo leía enormemente, sino que era exigente con lo que leía. Así, en una ocasión le escribe a Barbier, su bibliotecario, quejándose de que las novelas que le manda son detestables:
 "Van directas de la valija del correo a la chimenea. No nos envíe más porquerías de estas... Mande los menos versos que pueda, a menos que sean de nuestros grandes poetas."
Las peticiones Napoleón son constantes, uno se imagina al pobre Barbier corriendo de aquí para allá intentando satisfacerlas. Pero no todo son lecturas para distraerse, el emperador las emplea también para preparar concienzudamente sus campañas. Cuando está preparando la invasión de Rusia, solicita:
" Las obras más adecuadas para conocer la topografía de Rusia y sobre todo de Lituania [...] Debería asimismo disponer de todo lo que tengamos en francés sobre las campañas de Carlos XII en Polonia y Rusia."
Y, en mayo de 1812, reclama "un Montaigne en pequeño formato, que sería bueno incluir en la pequeña biblioteca de viaje". Esta biblioteca de campaña -hélàs!- ardió en su mayor parte durante la retirada de Rusia y el resto cayó en poder de los rusos. 
En momentos de zozobra como los presentes, una desearía que sus gobernantes fuesen capaces de ampliar sus horizontes y leyesen un poco más a Montaigne. Si no lo hacen, no será por falta de espacio, pues hoy todos los libros que acarreaba Napoleón caben en un Kindle. ¿O aducirán falta de tiempo, como ese otro?  Tal para cual.  

lunes, 2 de octubre de 2017

PROUST, ESE PRECURSOR



Hace un tiempo, la revelación de que existía un tráfico de reseñas favorables en Amazon -es decir, que había quien vendía, y quien compraba, esas opiniones positivas, que se suponen auténticas y no influenciables- causó un pequeño escandalo. Aparte de la obvia inmoralidad del engaño, destinado a engrosar las ventas del autor que se las agenciaba, mucha gente pensó que se trataba de una artimaña destinada a salvar del desastre a novelas que, de otro modo, no hubiesen tenido aceptación por parte del público. Cosa de escritores mediocres, vaya. Porque -según reza una opinión muy extendida- los grandes escritores no necesitan recurrir a estos expedientes. Dejemos por ahora de lado que el calificativo de "grande" solo se conquista después de una trayectoria creativa por lo general larga; nadie puede predecir cuál de los miles de escritores que hoy comienzan su carrera llegará a despuntar y cuál caerá rápidamente en el olvido. Hay quien piensa, en todo caso, que el escritor debe mantenerse alejado de los intereses comerciales. Que una cosa es el arte y otra el comercio. Algo que no tiene ningún sentido, porque los escritores -salvo algún bicho raro- lo que quieren es que les lea cuanta más gente, mejor. Y si ellos están convencidos de que su obra es buena, es justo que hagan lo posible por ampliar su público. ¿Llegando hasta el extremo de comprar criticas favorables? Sin duda, eso es ir demasiado lejos. Mas he aquí que resulta que eso es precisamente lo que hizo el gran -aquí sí no dudamos en aplicarle este adjetivo- Marcel Proust. Era cosa sabida que Proust tuvo que costear de su bolsillo la primera edición de Por el camino de Swann, al ser esta novela rechazada por los responsables de Gallimard  (quienes luego entonarían el mea culpa y se convertirían en los editores de toda su obra).

El ejemplar de Proust que sale ahora a subasta
(Foto Thomas Samson/APF)

Pero el escritor poseía muchos contactos y logró que otro reputado editor, Bernard Grasset, se la publicase, corriendo él con todos los gastos. Dado que tenía fortuna personal, eso no debió de constituir un grave problema. Es más, su presupuesto, sea cual fuese, le dio para hacer también una tirada muy reducida de lujo de la obra, impresa en papel japón, de la cual existen hoy solo cuatro ejemplares (un quinto, informa Le Monde, desapareció durante la ocupación nazi). Uno de ellos, precisamente, saldrá el mes próximo a subasta, y Sotheby's estima que puede alcanzar un precio de entre 400.000 y 6000.000 €. Una nadería. Al mismo tiempo, según informa igualmente The Guardian, lo que ha salido a la luz son unas cartas de Proust al editor de Grasset, Louis Brun, que revelan que el primero no tuvo reparo en pagar por conseguir que algunos periódicos publicasen reseñas elogiosas de su obra, redactadas por algún amigo -por ejemplo, el pintor Jacques Émile Blanche- o por él mismo (estas últimas se las mandaba a Brun, intermediario en dichas operaciones, escritas a máquina, para que no quedase rastro de su caligrafía). Unas reseñas que no eran lo que se dice modestas en su apreciación del libro: se trataría, dice, de "una pequeña obra maestra", capaz de "barrer como un soplo de viento los soporíferos vapores" del resto de novelas. Proust, ya lo ven, no pecaba de modestia. Movido por su fe en las bondades de su obra -o en la eficacia de la propaganda- pagó 300 francos (calcula el periódico británico que equivaldrían a unas 900 libras actuales) para conseguir que la novela saliese mencionada en la primera página de Le Figaro y una suma aún mayor (660 francos) por una larga reseña que apareció en Le Journal des Débats. A su manera, era un precursor. Hoy, las editoriales les asignan a sus novedades un presupuesto de marketing, sabedoras de que, no importa cuál sea su calidad literaria, cualquier libro se beneficia de una buena visibilidad.
Malo es engañar a los lectores intentando darles gato por liebre. Pero igualmente malo es menospreciar a los escritores que se esfuerzan por llegar a su público.

Retrato de Marcel Proust por Jacques-Émile Blanche


lunes, 18 de septiembre de 2017

LO QUE VALE JANE AUSTEN


Entretenidos como hemos estado estas últimas semanas con las vacaciones, los viajes y la política doméstica (esta última, ¡ay!, más entretenida que nunca), casi se nos ha pasado por alto una relevante  novedad económico-literaria: el Banco de Inglaterra presentó el pasado 18 de julio un nuevo billete de 10 libras con la efigie de Jane Austen, que ha entrado efectivamente en circulación hace pocos días. Como saben bien todos los que pasan por aquí, este blog es muy austeniano (vean algunos ejemplos aquí, aquí y aquí), y de buena gana haríamos una escapada a Gran Bretaña para poder pagar alguna de las inevitables compras librescas con un billete adornado por esta escritora, También, por supuesto, nos alegra que por fin los billetes de banco conmemoren a alguna mujer, y dado que esta es además escritora, aún nos parece mejor. Hay quien piensa que el papel moneda está en vías de desaparición, y que será sustituido pronto por el plástico de las tarjetas o, un paso más allá, por los pagos a través del móvil. Hasta los propios billetes, por más que se sigan llamando papel-moneda, se fabrican cada vez más con sustancias que nada tienen que ver con el papel. Concretamente, el de Jane Austen está hecho a base de un polímero (o sea, lo que la gente de la calle llama plástico), y es la primera vez que el Banco de Inglaterra prescinde del algodón para fabricar uno de sus billetes. Una siempre hubiese dicho que la escritora era más de algodón que de plástico, pero desde que andan liados con el Brexit, los ingleses parecen haber perdido un poco el norte. 
Pero la controversia del plástico es de índole muy menor, comparada con algunas otras objeciones que ha levantado este nuevo billete. En él, como habrán podido observar, aparece un primer plano de la escritora, acompañado, en segundo término, por su figura de cuerpo entero en el acto de escribir y una vista de Godmersham Park, la mansión que poseían los parientes ricos de Jane. Hay además una cita procedente de una de sus obras más populares, Orgullo y prejuicio, que dice "I declare after all there is no enjoyment like reading!" (algo así como "¡Después de todo, he de reconocer que no hay mayor placer que el de la lectura!"). Bien, pues todos estos elementos han provocado controversia -según informa amablemente The New York Review of Books-, empezando por la dichosa frase, que pronuncia uno de los personajes más esnobs de esta novela, Caroline Bingley, mientras bosteza y deja de lado el libro, que solo ha tomado para intentar provocar el interés de Mr. Darcy. Es decir, una muestra de la sutil y justamente famosa ironía de Jane Austen. Ciertamente, es una frase que exalta la lectura -si se lee fuera de contexto-, pero si se conoce su procedencia, resulta que es todo lo contrario. Raro. La imagen de la escritora también ha sufrido una manipulación parecida: basada en el que se supone único retrato auténtico de la novelista, un dibujo de su hermana Cassandra, es una versión "embellecida" de la escritora que la rejuvenece y hermosea sus rasgos. Basta comparar el dibujo original con el del billete para darse cuenta de lo poco que tiene que ver uno con otro.  


Jane Austen, dibujada por su hermana Cassandra

Por último, por más que se intente asociar a la novelista con la mansión de Godmersham Park, ese nunca fue su hogar, sino el de su hermano Edward (que, como recordarán los que conozcan la biografía de Austen, fue adoptado por unos parientes ricos). Jane pasó alguna temporada allí, pero siempre de visita. Igual que la propia Jane, las moradas de sus heroínas suelen ser mucho más modestas y, cuando habitan una mansión -como la Fanny de Mansfield Park (se dice que para esa mansión Austen se basó en la casa de su hermano)-, lo hacen como parientes pobres, como intrusas o visitantes ocasionales. Signo de los tiempos, Godmersham Park es hoy propiedad de una asociación de ópticos. Muy poco inspirador, me temo.

Godmersham Park (foto Paul Anthony Moore)

Pero tal vez no debiéramos quejarnos tanto por las supuestas manipulaciones de nuestra Jane. Al otro lado del mismo billete está la reina de Inglaterra, cuyo retrato parece haber quedado congelado en el tiempo. Si a la propia Isabel II la pintan tan rozagante como si acabase de subir al trono, cuando lleva más de 65 años en él (superando a la longeva reina Victoria), ¿por qué debería ser menos una simple novelista?



jueves, 31 de agosto de 2017

LEER EN LA CAMA

Georg Pauli, Lectura nocturna (1884)

Cada cual tiene sus pequeños ritos y manías para propiciar el sueño. Hay quien necesita que la cama esté orientada de una forma determinada, quien escucha la radio, los fanáticos de la oscuridad completa, que usan hasta antifaz... Los lectores no concebimos la posibilidad de dormir si antes no hemos leído unas cuantas páginas; pueden ser muy pocas, si el cansancio aprieta y el libro se te cae literalmente de las manos, o muchísimas, si el libro es tan apasionante que resulta imposible dejarlo. (¡Esas noches en que te dan las dos y las tres y a cada capítulo te prometes que será el último!) Pero poco o mucho, dormir sin antes haber leído parece -o me lo parece a mí al menos- una aberración. Lo primero que hago, cuando llego a un hotel o a cualquier nueva habitación donde haya de pernoctar, es colocar mi libro en la mesilla: una promesa que anticipa los agradables momentos en que la lectura abre la puerta del sueño.
Lo de leer en la cama es una actividad relativamente nueva, como recordaba hace poco un artículo en The Atlantic. Disponer de la privacidad de una habitación dedicada solo al sueño es algo reciente. Hasta hace poco, los pobres desde luego no podían permitirse ese lujo, pues se hacía la vida en una o dos habitaciones. En 1837, un testigo describía así las viviendas de una pequeña aldea francesa, según se recoge en la Historia de la vida privada:
En el mismo reducto se preparan los alimentos, se amontonan los residuos que sirven de comida a los animales y se almacenan los aperos de labranza: en un rincón se encuentra el fregadero y en otro las camas; a un lado se cuelgan las ropas, y al otro las carnes en salazón; allí fermentan la leche y el pan... 
Aun quedaba un buen trecho para llegar a los dormitorios actuales, reductos de intimidad, donde cada miembro de la familia puede aislarse de los demás. Aunque durante bastante tiempo leer en la cama suponía un riesgo: cuando la única iluminación disponible eran las velas, cualquier despiste podía causar un incendio. Así, por ejemplo, sucumbió lord Walsingham, sobre cuyo trágico fin informaba The Spectator en 1831 de forma bastante truculenta:
Este miércoles, lord Walsingham ardió hasta la muerte en su cama; y su esposa resultó tan gravemente herida al intentar saltar por la ventana del dormitorio para escapar a las llamas que expiró, entre grandes sufrimientos, dos horas después. [...] Cuando las llamas se extinguieron en parte, los sirvientes y policías se dirigieron a las habitaciones de lord Walsingham, donde encontraron sus restos casi por completo destruidos, con manos y pies literalmente convertidos en cenizas, sólo la cabeza y el esqueleto del cuerpo presentaban aún alguna apariencia humana. 
Se supone que su señoría, mientras leía en la cama, se quedó dormido con la vela demasiado cerca de las colgaduras del dosel. Los periódicos de la época aprovecharon para recordar a su público los peligros de esta lectura nocturna. Al buen cristiano, concluían, debería bastarle con rezar sus oraciones antes de dormir. 


Creerán ustedes tal vez que la llegada de la luz eléctrica alejó de nosotros, los lectores nocturnos, esos peligros. Están equivocados: en 1908, la prestigiosa publicación médica The Lancet advertía de los peligros para la vista que podía implicar la lectura en la cama. Según el profesor Feilchenfeldt, de Berlín, una iluminación inadecuada y la costumbre de leer de lado con un ojo fijo en el libro y otro medio oculto por la almohada, podía causar graves daños oculares. A la vista de esto, The Guardian recomienda instalar alguna iluminación suficientemente brillante junto a la cama o detrás de ella, así como leer con la cabeza apoyada en una almohada bien firme. Y da algunas pautas de cómo debería ser el libro ideal para leer en la cama:
El libro ideal para la cama debe poder abrirse del todo; debe tener cubiertas rígidas, para impedir que las páginas se doblen, y un formato pequeño, por la misma razón; debe estar impreso en un papel fino, que no fatigue la mano; el tipo de letra ha de ser grande y los márgenes, anchos, en especial en los bordes externos.
Consejos todos ellos muy razonables, que los lectores nocturnos a menudo no podemos seguir, ya que uno no suele elegir el libro por sus características ergonómicas, sino por su contenido. Aunque cualquiera que haya intentado leer Anna Karénina o algún otro tomazo de más de novecientas páginas en la cama recordará sin duda el ahogo que, al cabo de un rato, se experimenta, de tanto tener  su peso apoyado sobre el diafragma. No me consta que se hayan producido muertes por asfixia entre los lectores por este motivo, pero personalmente, después de varias experiencias de este tipo, he optado por dejar los "ladrillos" para las horas diurnas. 
En cualquier caso, con el libro ideal o sin él, pocas cosas hay más placenteras que anticipar ese momento en que uno puede por fin arrebujarse en las sábanas, apoyar la cabeza -a ser posible- en un par de almohadones y sumergirse en la lectura, dejando que el sueño acuda. O luchando contra él. 


lunes, 21 de agosto de 2017

EVOCANDO DUNQUERQUE


Los calores veraniegos animan a encerrarse por un par de horas en las salas de cine, esos lugares mágicos donde uno se sumerge de verdad en las películas -si tiene la prudencia de evitar los cines "palomiteros"-, sin distracciones, mensajes de WhatsApp ni ruidos del vecindario y con una pantalla y un sonido a la altura de la obra que se va a contemplar. Ciertamente, la última película de Christopher Nolan, Dunquerque, merece ser vista en estas condiciones, porque sus recreaciones de los combates aéreos y las tragedias en el mar son de lo más espectacular. Aunque pasé un rato de lo más distraído, personalmente, sin dejar de reconocer la habilidad técnica de su director y apreciar que recurra a diferentes lapsos temporales para narrar la historia, hubiera agradecido un guión un poco más sólido detrás. ¿Dónde están los guionistas de la edad dorada de Hollywood? Esta película me ha llevado a evocar otra descripción -literaria, en este caso- de esa famosa retirada, la que hace Ian McEwan en su novela Expiación. Si uno quiere sentir en toda su crudeza lo que debió significar estar acorralado en esas playas, con los alemanes pisándole los talones, la lectura de las páginas que McEwan le dedica es inexcusable. Ya puestos, recomiendo leer la novela entera, sin lugar a dudas una de las mejoras obras de este escritor británico.
El estreno de la película de Nolan ha propiciado otras recuperaciones interesantes en torno a este episodio bélico, como la de las memorias de Anthony Rhodes, Sword of Bone.

Rhodes (1916-2004) fue un gentleman ilustrado, apasionado por el arte y la literatura, que escribió novelas, libros de viajes, biografías y las mencionadas memorias de guerra -aparecidas en 1942, muy poco después de vivida la experiencia- que, según reza su obituario en The Independent, son "un clásico de la literatura de la Segunda Guerra Mundial". Los críticos comparan su tono con el de Evelyn Waugh, pues Rhodes hace buen uso de la ironía inglesa. No he tenido aún oportunidad de leer estas memorias, pero sí me ha llamado la atención el fragmento que ofrecen sus editores, Sightly Foxed -por cierto, bibliómanos anglófilos, no deberían perderse las cuidadas publicaciones de este sello editorial-, en el que Rhodes relata primero la conferencia de oficiales en que se les comunicó que el ejército inglés iba a ser evacuado de Francia. La escena, tal como él la reproduce, está a la altura del mejor guionista:
Nos concedió unos momentos para que se acallase el sorprendente efecto de sus noticias.
-Vamos a hacer algo esencialmente británico; me atrevo a decir que sólo los británicos se atreverían a llevar a cabo un plan tan descabellado. Esperemos que resulte tan exitoso como la última vez que alguien intentó algo parecido: sir John Moore en La Coruña.
[Nota aclaratoria para mis lectores: recordarán sin duda que Moore fue herido mortalmente durante la batalla que precedió a la evacuación, en 1809, y está enterrado en tierra española. Es cierto que en aquella ocasión el ejército inglés fue evacuado, contra todo pronóstico, pero no sé si citar a Moore como precedente elevaría mucho los ánimos de los presentes.]
-No les puedo decir mucho al respecto -continuó- porque no se han hecho planes. Ni siquiera estamos seguros de que haya barcos en la costa para evacuarnos. Simplemente, hemos de correr el riesgo. Lo único que puedo decirles con certeza es que lucharemos duramente en la retaguardia durante todo el tiempo. Ni siquiera sabemos a ciencia cierta en qué orden se están aproximando a la costa las divisiones británicas. Avanzadillas de cada división se adelantarán para preparar nuestro recibimiento en Inglaterra - al llegar a este punto se rió- si es que llegamos.

Las instrucciones eran que debían dejarlo todo atrás, destruyendo previamente cualquier armamento o equipo. En el caso de Rhodes, sus pertenencias incluían un número considerable de libros:

Entre todo el trajín y la conmoción que siguió, encontré el modo de guardar mis libros en un armario ropero. Eran el resultado de ocho meses de exploraciones en las librerías de viejo de París y de Lille. Me producía cierta desazón pensar que algún soldado alemán o francés los utilizaría tal vez para encender el fuego. [..] Encima de ellos, puse una educada notita en francés y en alemán en la que le rogaba al nuevo dueño que los tratase con cuidado, diciéndole que confiaba en que disfrutaría mucho de su lectura; finalmente, le pedía que viniese a visitarme a mi dirección de Londres después de la guerra (trayendo consigo los libros, por supuesto). 

Me encantaría saber qué ocurrió con esos libros abandonados y si la educada nota de Rhodes -tan británica- dio algún fruto. Posiblemente, no, y como tantas otras cosas desaparecieron en el torbellino de la guerra. De todos modos, esta preocupación por sus libros en momentos en que se está jugando la  vida retrata bien el tipo de personaje que era Rhodes.
A veces, hay historias de guerra que son más apasionantes que las batallas.