John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)

martes, 23 de enero de 2018

LEER POR SUSCRIPCIÓN


Tenemos tendencia a imaginar que la forma actual de organización de la mayoría de actividades humanas es la misma que ha prevalecido durante siglos. Damos por supuesto que ciertos adelantos han modificado algunas costumbres -ahora podemos comprar por internet, sin necesidad de desplazarnos a una tienda física, o volar al otro extremo del globo en pocas horas, realizando travesías impensables dos siglos atrás-, pero muchos otros cambios en los usos cotidianos han caído en el olvido. Hablando de la lectura -y olvidándonos por un rato de la ya cansina discusión entre las bondades respectivas del libro físico y el digital-, un poco de investigación en la historia de la comercialización de los libros revela que nuestros antepasados conocían una forma de acceder los libros que ya no existe, la lectura por suscripción. Hoy, si nos apetece estar al día de las últimas novedades editoriales, tenemos básicamente dos opciones: acudir a una librería y hacernos con ellas (previa adquisición de los libros en cuestión) o ir a la biblioteca y tomarlas prestadas sin cargo alguno (suponiendo que se trate de una biblioteca bien abastecida y que renueve regularmente su fondo). Sin embargo, antes de que se generalizasen las bibliotecas públicas abiertas a todo el mundo (un avance en realidad bastante reciente), los lectores victorianos disponían de otra salida: suscribirse a una biblioteca circulante, que por una cantidad anual permitía a sus socios hacerse con todos los libros que deseasen. Se calcula que a principios de la década de 1830 existían más de mil bibliotecas circulantes en Gran Bretaña, que se ocupaban de satisfacer los gustos lectores de todos los estratos sociales, desde los trabajadores que recurrían a ellas para completar su educación hasta las clases acomodadas que en los libros buscaban simple entretenimiento. De hecho, aunque la creciente mecanización de los procesos editoriales -composición, impresión, fabricación del papel- había abaratado los libros y los había hecho más accesibles, seguían representando un dispendio considerable para la mayoría de los asalariados. En 1828, la revista Atheneum, en su primer editorial, afirmaba que "ningún inglés de clase media compra libros". Y quien se ocupó de abastecer a estos lectores de clase media, sobre todo, fue un hombre avispado y lleno de iniciativa empresarial: Charles Edward Mudie.


Charles E. Mudie (1818-1890)

Propietario de una papelería, hacia 1842 Mudie se apuntó a la moda ya entonces en boga de prestar libros a sus clientes. Por una guinea al año, sus parroquianos podían tomar prestado un libro tras otro. (Pero sólo una a la vez; el precio se incrementaba si uno quería hacerse con más. Vaya, como hoy con las suscripciones "Premium".) Mudie supo sacar ventaja de una característica que tal vez los lectores actuales de novelas del XIX hayan advertido: la mayoría se publicaban en tres volúmenes (de ahí que suelan estar divididas en tres partes, baste recordar las de Jane Austen), y la suscripción daba derecho a tomar prestado "un volumen" cada vez; de modo que tres suscriptores podían estar leyendo simultáneamente la misma novela. Pero además, Mudie insistía en la calidad de sus productos; los libros con los que comerciaba eran ediciones bien impresas, y su biblioteca poseía un fondo amplio y variado: poesía, historia, biografía, viajes, tratado morales y religiosos y, por supuesto, las más recientes obras de ficción. Este énfasis en tener sólo "lo mejor" se extendía al contenido de las obras que prestaba; Mudie garantizaba que en su "selecta" biblioteca vetaba cualquier libro inmoral. Si algo llevaba el sello de Mudie's, lo podía leer toda la familia. El imperio de Mudie creció y creció, cada vez compraba más libros para sus ávidos lectores, hasta el punto de que él sólo lleó a poder garantizar el éxito (o fracaso) de una novedad. Así, por ejemplo, los 2.500 ejemplares que adquirió de la primera novela de George Eliot, Adam Bede, ayudaron a lanzar a esta escritora. En 1858, la biblioteca de Mudie compraba 100.000 ejemplares al año; tres años después ya eran 180.000. En 1860, necesitando un local mayor, erigió un nuevo e imponente edificio en Londres, y disponía de sucursales en Birmingham y Manchester. También servía a sus clientes por correo. 


La sede de Mudie's en New Oxford Street

La influencia de Mudie's se puede rastrear aun en las novelas de la época, que la mencionan. Por ejemplo, en El hombre invisible, de H.G. Wells, su protagonista  se topa con una mujer que sale de Mudie's "llevando cinco o seis libros" y Virginia Woolf también hace referencia a la biblioteca de Mudie en su obra El cuarto de Jacob. El floreciente negocio de Mudie -que, por cierto, contaba con muchos competidores- fue declinando con la llegada de las ediciones económicas y las novelas por entregas, así como por el progresivo establecimiento de bibliotecas públicas y gratuitas, hasta desaparecer en la década de 1930. No obstante, durante cerca de un siglo, una gran parte del público lector británico se acostumbró a leer por suscripción. Algo así como lo que hacemos ahora con los productos audiovisuales, o con la música, suscribiéndonos a Netflix o a Spotify. Bien pensado, sospecho que hasta Amazon, con su servicio de kindleunlimited, ha decidido emular al señor Mudie. Si es que todo vuelve. 



viernes, 12 de enero de 2018

LA BELLEZA HECHA LIBRO: FRANCESCO GRIFFO


El patio de la antigua Universidad, el Archiginnasio de Bolonia

Los libros no son solo lo que el autor nos cuenta, el significado que extraemos de sus palabras, sino que poseen también una parte visual, formal, estética, igualmente importante. Cualquier amante de la lectura sabe que un libro compuesto en una tipografía clara, legible, con espacios que permiten que el texto "respire", sobre un papel agradable a la vista y al tacto es un verdadero regalo, mientras que ese mismo texto, presentado en una letra abigarrada, apelotonado y sobre un papel rasposo da ganas de estrellar el libro contra la pared más próxima. Llevados por la corriente de la lectura, solemos prestar poca atención a aspectos como la tipografía o la distribución en la página. Sin embargo, hay libros que son verdaderas obras de arte, cuya mera contemplación -no importa de qué hablen sus paginas, ni si somos siquiera capaces de entenderlas- produce en el espectador una emoción comparable a la de un fresco de Botticelli.  
Viene todo esto a cuento de que esta lectora estuvo hace unos días en la muy ilustre ciudad de Bolonia, en Italia, que como sabrán es cuna de una antigua y prestigiosa Universidad, en la que han estudiado infinidad de personajes ilustres. Una de las visitas obligadas era, por supuesto, a la primitiva sede de dicha universidad, el llamado Archiginnasio, hoy convertido en biblioteca y sede de actos culturales.





Me hubiese conformado sobradamente con contemplar el bello edificio y las huellas de sus antiguos ocupantes, así como las hermosas salas de la biblioteca y del teatro anatómico. No obstante, me esperaba una sorpresa que se convirtió en lo mejor del viaje: una exposición sobre Francesco Griffo. No se crean, yo tampoco tenía idea de quién era este personaje. Los paneles informativos que la acompañaban me ilustraron oportunamente al respecto pero, sobre todo, quedé maravillada por los libros que se ofrecían a la vista de los indignos visitantes.  ¿Imaginan la emoción que se siente al tener al alcance a la mano eso sí, separados por el cristal de una vitrina, una Poética de Aristóteles o un Cancionero de Petrarca impresos hace quinientos años por uno de los primeros -y uno de los mejores, si no el mejor- editores europeos? No exagero si les digo que por un momento me sentí al borde de las lágrimas. Pocas veces nos es dado a los simples mortales acercarnos a libros de esta importancia histórica. Pero lo que de verdad me dejó sin palabras fue la belleza de las (desgraciadamente pocas) páginas que se mostraban. Obras de arte. Lamentablemente las fotos que pude hacer son malas y no les hacen justicia (aquí se pueden hojear online unas cuantas, vale la pena).


La Hypnerotomachia Poliphili, considerado el más bello libro ilustrado del Renacimiento.

Francesco Griffo (1450-1518), nacido en Bolonia, donde obtuvo merecida fama como orfebre y como tallador de punzones para imprenta, fue requerido por Aldo Manuzio (c. 1450-1515), el más famoso editor italiano de todos los tiempos, para trasladarse a Venecia a trabajar con él. A partir de 1494, Manuzio, que entonces contaba más de cuarenta años, decidió abandonar su carrera de maestro y preceptor para iniciar la carrera de estampador y editor, dedicándose al principio casi exclusivamente a publicar textos griegos que hasta entonces nunca se habían editado en su lengua original. Griffo investigó manuscritos precarolingios para conseguir un tipo romano más auténtico y más refinado, que se ha bautizado como Bembo. Se convirtió así en el primer tipógrafo moderno, en el sentido que diseñó los tipos para ser utilizados en una moderna imprenta mecánica y no para ser usadas en la escritura manual.


La Bembo, un tipo de letra de una elegancia sin par


Griffo, grabando los punzones para centenares de caracteres tipográficos diversos, consiguió reproducir todas las variantes de la escritura cursiva griega empleada por los copistas de aquella época, prestándole de este modo al libro impreso el aspecto de un manuscrito, como en la monumental edición en cinco volúmenes en folio de la Opera omnia de Aristoteles, impresos entre 1494 y 1498.




Entre finales de 1500 y principios de 1501, Francesco Griffo participó como protagonista en la empresa que señalaría una doble innovación en la actividad tipográfica de Manuzio: libros de pequeño formato (en octavo), impresos en letra “cursiva”. Se proyectó una línea editorial del todo novedosa por sus caracteres en cursiva, nunca utilizados hasta entonces, diseñados por Griffo a imitación de la escritura cancilleresca. Esta cursiva se empleó para libros de pequeño formato, muy manejables, llamados enchiridia (que se pueden sostener con una mano), destinados a textos poéticos y en prosa de autores clásicos y latinos y en lengua vulgar.


El Cancionero de Petrarca, uno de los hermosos enchiridia de Manuzio/Griffo
Por si fuera poco, este ejemplar está dedicado a Cesare Borgia. ¡Pura emoción!


Estas ediciones se dirigían a un sector del público hasta entonces descuidado, los que leían por entretenimiento: hombre y mujeres cultos, nobles y burgueses, cortesanos, viajeros, que así podían disfrutar en cualquier momento de la jornada de la lectura de libros fácilmente manejables y transportables, bellos por su grafía y por la calidad del papel, desprovistos de comentarios, pero muy cuidados desde el punto de vista filológico. Estos enchiridia se convirtieron enseguida en un producto muy buscado. El éxito de esta operación editorial se evidencia tanto en las numerosas ediciones piratas que surgieron, como en que en numerosos retratos contemporáneos los personaje se hacen retratar con uno de estos pequeños libros en la mano.
Sin embargo, Manuzio y Griffo comenzaron a tener diferencias y se dice que incluso llegaron al enfrentamiento físico (Griffo, al parecer, consideraba que Manuzio no hacía suficiente aprecio de su trabajo). A la muerte de Manuzio, en 1516, Griffo regresó a su Bolonia natal, donde se estableció como impresor. Sin embargo, en 1518 tuvo un altercado violento con su yerno, a quien se dice que golpeó con una barra de hierro, causándole la muerte. A partir de ahí, se pierde el rastro de Griffo. Algunos dicen que fue apresado y ejecutado por este crimen. Otros, que huyó de Bolonia sin dejar rastro. En cualquier caso, lo que sí dejó fue un legado inmortal.
Viajar para aprender.




jueves, 28 de diciembre de 2017

LECTURAS 2017

(Escultura de Malena Valcárcel)

Parece que fue ayer que preparaba una entrada parecida para 2016 y ya ha pasado un año. ¡Y vaya año! Puesto que no entra dentro del ánimo de este blog discursear sobre actualidad ni sobre política, me conformaré con decir que hemos ido de sobresalto en sobresalto. Algo de literario ha tenido todo ello, la verdad, porque los sucesos del mundo real han dejado pequeña a la ficción. Si hace un año nos cuentan la mitad de lo que hemos podido ver y experimentar en estos doce meses, lo hubiésemos creído producto de la febril imaginación de un escritor. También es preciso reconocer que el estado revuelto del mundo real, tan hosco y antipático él, impulsa a buscar refugio en el lugar más acogedor que puede haber: las páginas de un libro. He de mencionar igualmente una de las mejores cosas de este ya casi fenecido 2017, la aparición de mi libro El síndrome del lector, que tantas satisfacciones me ha dado. 
Así las cosas, como imaginarán, la cosecha lectora de estos meses ha sido abundante. Y aún me he quedado con las ganas de leer muchos libros más, que esperan pacientemente que les llegue el turno en la estantería, o a los que tengo echado el ojo en la biblioteca. (Desde aquí os lo digo, ¡no os escaparéis!) Hacer una lista medianamente completa de mis lecturas sería abrumador, aparte de que mi resistencia a llevar una relación exacta de lo que leo lo hace decididamente irrealizable (admiro sin reservas a aquellos blogueros que dan cumplida cuenta de ello). Como es natural, en este año lector ha habido de todo: lecturas peñazo, libros que ni fu ni fa (muchos serán de esos que al cabo de un tiempo no logro recordar haber leído), libros distraídos sin más, libros que han despertado mi interés (por motivos diversos) y también, claro, alguna de esas perlas raras, libros que dejan huella. 
Para esta selección de final de año me he limitado a estos últimos, todos ellos libros que recomiendo vivamente. Como saben bien mis amables seguidores, en este blog leemos de todo, y la selección que sigue refleja el eclecticismo de mis gustos lectores. Dejo al albedrío de cada cual encontrar el tipo de lectura que más encaje con sus gustos.




El cuento de la criada, de Margaret Atwood (Salamandra)
Ya me lo dijo mi madre, hace un montón de años (debió de ser cuando esta novela se publicó por primera vez en España allá por 1987... una eternidad): es un libro que hay que leer. Una, joven y atolondrada, no le hizo caso. Y yo me lo perdí. Ahora, con el revival de esta novela propiciado por la serie, decidí que lo sensato era leer ante todo el libro. Como siempre, mi madre tenía razón. (Ahora, es demasiado tarde para decírselo y lo lamento infinitamente.) Es un libro terrible, que sospecho que da incluso más miedo ahora -con la perspectiva del tiempo y todo lo sucedido y lo que hemos sabido entretanto- que cuando salió. Pero es una novela que no puede faltar en el bagaje de cualquier lector que se precie. Porque está muy bien narrada; porque huye tanto del tremendismo como de la complacencia; porque sabe crear un mundo distópico y a la vez terroríficamente plausible; porque sirve para lo que han servido muchas buenas novelas a lo largo de la historia, para alertar sobre un problema social y remover las conciencias.



El país donde florece el limonero, de Helena Attlee (Acantilado)
Subtitulado "La historia de Italia y sus cítricos", a priori este podría parecer un libro sobre horticultura, algo muy especializado y sólo para fanáticos de la agricultura. Nada más lejos. He de decir que lo compré solo por el título que, como sin duda sabrán, es un obvio guiño a las frases de Goethe sobre Italia, "el país donde florece el limonero"; una mezcla de nostalgia y romanticismo irresistible. Hay libros que te llaman, aunque no tengas ni idea de lo que vas a encontrar en su interior, y este superó mis expectativas. Es una obra llena de datos fascinantes para amantes de la literatura, del arte y de la historia, pues sobre todo ello nos cuenta Helena Attlee en un viaje por el espacio y el tiempo en pos de esos hermosos frutos dorados. 



SPQR, de Mary Beard (Crítica)
A estas alturas, creo que Mary Beard no necesita presentación ni recomendación alguna. Aparte de sus muchos premios y distinciones académicas, es una de las clasicistas más conocidas por el gran público, gracias sobre todo a sus documentales sobre Pompeya y el mundo romano (si no los conocen, no se los pierdan, están en YouTube), aparte de mantener un blog, "A Don's Life", que es una pura delicia. Posee una enorme facilidad -esa que según dicen es propia de los sabios- para explicar de forma accesible asuntos complejos, una habilidad que se evidencia en esta historia de la antigua Roma, desde su mítica fundación hasta el año 212 d. C. (en que Caracalla extendió la ciudadanía romana a todos los habitantes libres del Imperio). Es una maravilla ver cómo toda la erudición está ahí, pero no pesa. "Prodesse et delectare" (enseñar deleitando) podría ser su lema.



La edad de los prodigios, de Richard Holmes (Turner)
La biografía también puede ser literatura, como han demostrado algunos de los grandes biógrafos (véase Stefan Zweig o Emil Ludwig). Richard Holmes, sin duda, se cuenta entre ellos. Ya hablé anteriormente en este blog de otra de sus obras (por cierto, recientemente publicada en castellano, no se la pierdan tampoco), Footsteps (Huellas). Este es un libro deslumbrante, formidable como los personajes cuyas vidas relata y la época de maravillas y descubrimientos que desvela ante nuestros ojos. Entre los retratos biográficos que discurren por sus páginas hay astrónomos, exploradores, aeronautas y científicos. Hombres, pero también mujeres (que por regla general han de combinar sus veleidades científicas con el manejo del hogar, como Caroline Herschel). Ciencia y literatura van armoniosamente de la mano en esta obra llena de hálito romántico.



Los años ligeros, de Elizabeth Jane Howard (Siruela)
He comentado más arriba que ciertos libros son el mejor refugio cuando la realidad se vuelve inclemente. Y, de entre todos ellos, pocos resultan más satisfactorios que una buena saga familiar, de esas en que el lector se sumerge en las vidas de una constelación de personajes -familiares, amigos, amantes, criados-, siguiendo sus avatares y llegando a conocerles como si él también formase parte de su mundo. Esto es lo que ocurre con las "Crónicas de los Cazalet", de las que Los años ligeros es el primer volumen. Confieso que, una vez comenzada la saga, no pude parar, y me hice con el resto de volúmenes (que, imagino, aparecerán próximamente en castellano, si sus editores saben lo que hace). Un ciclo novelístico que resulta absorbente, lleno de personajes memorables y de detalles de época muy bien observados. El libro perfecto para un fin de semana lluvioso o para las largas noches de invierno. Si no la han leído aún, probablemente una de las mejores maneras de terminar este año. Dense prisa. 

domingo, 17 de diciembre de 2017

ORDENANDO LA BIBLIOTECA


Es cosa sabida que cualquier biblioteca, por bien ordenada que esté en un principio, con el tiempo tiende al desorden. Los libros se sacan para leer o consultar y luego van a parar al estante o a la sección que no les corresponde; las nuevas adquisiciones -que, ¡ay!, siempre son demasiadas- se colocan de cualquier manera, pendientes de encontrar su ubicación correcta algún día (que nunca llega); hay autores o temas que parecen crecer desmesuradamente y desplazan sin piedad a los libros que les rodean, que se encaraman como pueden sobre otros ejemplares, o configuran unas dobles filas que, a su vez, impiden apercibirse de qué libros se esconden tras ellas, lo que dificulta el mantenimiento del orden inicial (el cual, a estas alturas, empieza a ser bastante precario). En suma, un buen día, cuando te has hartado de buscar sin éxito títulos que estás segura de que tenías, de contemplar pilas amontonadas de cualquier manera o de luchar por intentar que entre un libro más en el estante de la C (para darte cuenta, demasiado tarde, de que en ese estante cohabitan muchas otras letras del alfabeto), decides que ha llegado el momento de poner orden en tu biblioteca.
Aprovechas que te hallas en esos días medio festivos que preceden a los saraos navideños y decides levantarte bien pronto, llena de resolución y de buenas intenciones. Nada de montar el belén ni de llenar la casa de ramas de acebo, te espera una misión mucho más importante. Te provees de la inevitable escalera -después de decidir que el taburete sobre el que sueles hacer precarios equilibrios para alcanzar los volúmenes de los estantes más altos tal vez no sea tan buena idea- y de un trapo del polvo (será una ocasión única para pasarlo porque ¿de verdad alguien tiene tiempo y ganas de andar limpiando las estanterías más altas?) y emprendes la tarea. Al principio, la cosa resulta fácil. A y B se dejan hacer sin oponer mucha resistencia. Aprovecharás, te dices, para hacer una criba (a simple vista, se hace evidente que todos esos libros ahora amontonados no van a caber en las mismas estanterías que ahora tienes; y no hay pared para más.). Aquí comienzas a sufrir los primeros reveses: por más que no tenga sentido conservar dos ejemplares del mismo título, ¿cómo prescindir de ese volumen sucio y manoseado que te acompañó durante tus años de universidad?; y ese otro, que es candidato a la eliminación porque, francamente, no te interesó nada, quién sabe si algún día necesitarás consultarlo (aunque no se te ocurra exactamente para qué, si es un autor desconocido y bastante malo). Al llegar a la D, tus manos han empezado a adquirir un tono grisáceo y compruebas que ya han pasado dos horas, ¿cómo es posible? Desanima un poco pensar en los metros de librería que aún te quedan por cubrir. Y desanima aún más ver que, sí, esos pocos estantes que has ordenado tienen un aspecto magnífico, pero solo has logrado que adquieran esa apariencia de librería de revista por el sencillo expediente de desalojar los volúmenes que sobraban, que a su vez han ido desalojando a los libros que les seguían. El resultado: ahora las pilas de libros "pendientes de ubicación" se amontonan en el sofá y en algún que otro mueble auxiliar. Pero hay esperanza, estás ya en la J. Miras con desconfianza hacia las estanterías de la M, que a pesar del tiempo y el esfuerzo invertido, dan la impresión de encontrarse cada vez más lejos. Suspiras. No conviene desfallecer.




Un rato más tarde, sin embargo, la sed y el hambre aprietan. Será cuestión de hacer un alto, tomar algo, relajarse. Mientras te recompensas de tanto esfuerzo con una buena comida y una copa (o más) de vino, haces balance de lo conseguido: un montoncito (modesto, pero qué quieres) de libros para dar; unos cuantos estantes con libros perfectamente alineados (que contemplas con orgullo); y una lista de títulos que, gracias a este orden, has descubierto que no tienes, y sin duda deberías tener. Pensando en lo que has conseguido, te sientes virtuosa y te dices que tal vez sería buen momento para llegarte a la librería y subsanar alguna de esas lagunas. Además, mejor comprar esos libros ahora, porque así ya los puedes colocar en el lugar que les corresponde. No se hable más. Te pones el abrigo, coges el bolso y sales a la calle llena de energías. No hay nada más estimulante que ordenar la biblioteca, decides. Como de repente pareces haber sufrido un acceso de ceguera parcial -una de esas enfermedades neurológicas tan curiosas que explica Oliver Sacks, pero no es posible saberlo a ciencia cierta, porque en tu orden no has llegado aún a la S-, tu retina no ha podido captar el desolador panorama que ofrece la "otra" parte de tu biblioteca, ahora más revuelta que nunca, con libros huérfanos apilados por todas partes. 
Quizás otro día puedas seguir ordenando. Quién sabe.




domingo, 3 de diciembre de 2017

DEJAR UN LIBRO A MEDIAS



Según Daniel Pennac -que tanto reflexionó en torno a la lectura y cuyo aniversario, precisamente, se conmemoró el pasado 1 de diciembre-, entre los derechos del lector está el de dejar a medias un libro. Unos derechos estos que estaría bien grabar a la entrada de las bibliotecas y de las escuelas, para alivio de tantos lectores que no consideran que leer un libro deba ser una obligación, ni un paso más en su educación, ni una muestra de superioridad moral, ni una tarea ardua, pero necesaria. Que desean leer un libro sin más, sin connotaciones, a su ritmo, porque en ese momento les apetece (y tal vez en otro momento no, ¿qué pasa?). Y, si resulta que ese libro no les convence -sin importar que se lo hayan recomendado tantísimo, ni que su autor sea famoso, ni que a su vecina le haya encantado-, están en su pleno derecho de dejarlo cuando quieran. Es más, creo que aprender a abandonar una lectura que no cumple con las expectativas, lejos de ser un acto de pereza, es un acto de necesaria higiene mental.

Daniel Pennac

En mi larga nómina de lecturas hay infinidad de libros terminados, la mayoría, pero también unos cuantos que se quedaron a medias. ¿Eran todos malísimos? Sin duda, algunos lo eran. Pero, lo confieso, hay libros "malos" -con muchas comillas; como dicen los ingleses "one man's meat is another man's poison", lo que en castizo viene a ser "para gustos, colores"- que he leído hasta el final sin pestañear, a veces porque  simplemente la trama me había atrapado; otras, porque a pesar de la absurda deriva del argumento, no había perdido del todo la esperanza de que enderezase su rumbo en algún momento. Así pues, que flaquease en la continuidad de la lectura fue solo en parte achacable al libro en cuestión. También se ha dado el caso de que, a pesar de hallarme ante una novela suficientemente interesante y bien escrita, el desenlace me resultase excesivamente previsible; no me importó entonces dejarla de lado a pocas páginas de ese final que veía venir desde lejos. En otras ocasiones, en cambio, la culpa del abandono ha sido toda mía: quizás mi mente no estaba preparada para digerir ese libro en concreto, o la lectura me pilló en un momento en que estaba empachada de ciertas lecturas y -a modo de los que se encuentran delicados del estómago- necesitaba otro tipo de dieta libresca. Nunca me ha parecido grave. Algunos de esos libros los he retomado, con provecho, en condiciones más adecuadas. Otros, esperan aun su turno, que tal vez no llegue nunca.




Existe ahora una corriente de opinión que achaca las bajas tasas de lectura a la ubicua y constante seducción de las pantallas. ¿Cómo va a leer la gente -argumentan- si está rodeada de otras ofertas de ocio, tan sumamente atractivas? Es innegable que todos, salvo algunos pocos ermitaños tecnófobos que aún reniegan del móvil y sus fastos, perdemos cada día mucho tiempo consultando aplicaciones diversas. Tiempo que, sin duda, podríamos dedicar a otras actividades. Ahora bien ¿quién dice que privada del imán de las pantallas, la gente se lanzaría a leer y no a cualquier otra actividad? Qué se yo, a tomar cañas, a hacer deporte, a hablar con los amigos o jugar con sus hijos. En fin, en cualquier caso el asunto preocupa lo suficiente como para que se encarguen sondeos al respecto. Cazo al vuelo -sí, en esas redes malignas que me quitan tiempo para leer- un artículo aparecido en la web ActuaLitté con el tremendista titular "Desbordados, los lectores no terminan más que un libro de cada tres". Alarmante, se diría. Aunque si uno lee con atención los datos allí expuestos, la cosa no parece tan grave. De entrada, resulta que el titular no refleja del todo los resultados del sondeo, que, leído con más atención,  dice que "un francés de cada tres menor de 50 años deja a medias más de la mitad de los libros que comienza" (o sea, para dos terceras partes del público lector la tasa de abandono es menor). Con frecuencia, el motivo aducido para este abandono es "la falta de tiempo". Ignoro con qué grado de veracidad responde la gente a estas encuestas, pero yo las encararía con un sano escepticismo: personalmente, no he dejado nunca de terminar un libro que me interesase lo suficiente. ¿Quién no se ha quedado en vela hasta las tantas con tal de acabar un libro que le apasionaba? El tiempo, como todos sabemos, es relativo. Y elástico. Curiosamente, además, entre los menores de 35 años (que se supone son los más afectados por la adicción a las pantallas) solo un 16% dice que estos medios les impiden concluir sus lecturas. Vemos luego que todo el objetivo de la encuesta era sondear si tendría aceptación entre el público un sistema que permitiese convertir los libros en audio. Así que el malo de la película no eran las pantallas, ni la falta de diligencia de los lectores, sino el libro en papel, tan pesado y anticuado el pobre. Supongo que, como ocurre con todas las encuestas -fíjense sino en el ejemplo de las encuestas electorales-, cada cual saca de ellas la conclusión que más le interesa. Por mi parte, creo que nunca se me ocurriría achacar el abandono de un libro a que era muy largo y abultaba mucho. Precisamente, cuando un libro te gusta, lo que desearías es que no acabara nunca. Solo los tostones "se hacen" largos. Lo mismo que las malas películas, o las malas series. ¿Cuántas han dejado ustedes a medias, díganme? Al final, lo que cuenta es la calidad del contenido. ¿Para qué perder tiempo en libros que no lo valen? Háganse un favor, no se sientan culpables de dejar a medias los libros que no merecen su atención. Y empleen ese tiempo en leer otros que les compensarán sobradamente. Hagan uso, sin limitaciones, de sus derechos de lector. 





martes, 21 de noviembre de 2017

POSTURAS PARA LEER

(Ilustración de David Hettinger)

Leer es una actividad casi tan íntima y privada como dormir. No nos gusta que nos observen cuando lo hacemos, porque nos sentimos espiados en un momento en que somos vulnerables. Aunque es preciso reconocer que cuando estamos absortos en un libro no atendemos a quién pueda estarnos mirando ni somos conscientes de cuál es la postura que adoptamos. Como sucede con la postura para dormir, los expertos pueden llenarnos de consejos, hablar de ergonomía, de circulación de la sangre o de descanso visual, pero cada cual considera que la postura -sea cual sea- que su cuerpo adopta por instinto es la mejor. Y cada uno tiene su postura preferida, que no cambiaría por ninguna otra. 
Nos recomiendan leer sentados, a ser posible en un asiento firme, pero no duro, con la espalda recta y los muslos paralelos al suelo. Nada de entrelazar los pies (algo casi automático cuando uno se acomoda ante un libro), por aquello de no interrumpir la circulación. Y el libro, mejor que no esté plano sobre la mesa -que, a su vez, debe encontrarse a una distancia adecuada-, porque eso nos obliga a bajar la cabeza a medida que avanzamos en la lectura. Pero, como sostenerlo en alto resulta cansado, lo conveniente es utilizar un atril que lo haga más fácil. Unas normas sin duda de lo más racional y estupendo si se aplican sobre un maniquí, pero yo no conozco a nadie que lea así en la vida real. (Además, una vez tienes el libro apoyado en el atril, ¿se puede saber qué haces con los brazos? Pues, lógico, usarlos para apoyar la cabeza, con lo que la espalda se curva y la cabeza se ladea.)

Audrey también intentó adoptar la postura perfecta, 
pero vean lo que pasó... No diré nada de las gafas de sol.

Pero, es verdad, según sean las circunstancias, adoptamos posturas de lectura distintas. No lees igual en la biblioteca que en el metro o en el salón de tu casa. Una intrépida lector adepta de la metodología científica ha intentado comprobar empíricamente qué postura le permitía pasar más tiempo leyendo. Anoto a continuación algunos de los resultados que obtuvo:

-La mejor posición; sentada en un banco del parque. Tiempo de lectura: 48 min, 6 s. Observa además que le resulta agradable el ruido de fondo y el aire libre. Aunque tiene sus desventajas, que también anota: hay días en que hace frío, los bancos no son demasiado confortables, hay insectos y una paloma la miraba de forma rara (y digo yo, ¿seguro que estaba concentrada leyendo? ¿cómo se dio cuenta entonces de cómo la miraba la paloma? Esto me hace dudar de la validez científica del experimento).



-La que más le ha sorprendido, positivamente: de pie. 27 min, 24 s. Se veía un poco rara, pero la postura le permitía caminar y comer o beber mientras leía (esto último no lo veo, faltan manos).

-La peor: sentada con las piernas cruzadas: 11 min, 9 s. Y me parece mucho. A menos que seas un yogui, esta postura no permite alargar demasiado la lectura.

Aunque menciona también las diversas formas de leer tumbado en la cama (o en la hierba del parque, a pesar de las palomas aviesas esta chica muestra una afición notable por leer al aire libre), sospecho que su investigación en este terreno no ha ahondado demasiado. Pues para mí -todo esto es muy personal, es preciso reconocerlo- la postura perfecta es reclinada (pero no echada del todo) en la cama, en un sillón o en el sofá. Al contrario de lo que afirman los expertos, encuentro que esa relajación del cuerpo permite que mi mente vuele mucho más fácilmente a la historia que tengo entre manos y favorece mi inmersión en la lectura. Dejo de pensar en que tengo brazos o piernas, en mi riego sanguíneo y en si guardo la distancia ideal (por supuesto, eso requiere que no haya palomas merodeando por ahí y mirando de refilón) para perderme en el libro. Que es de lo que, en definitiva, se trata.
Porque, igual que la mejor postura para dormir es aquella que facilita la desconexión con el mundo de los despiertos, la mejor postura para leer es, para cada uno, la que le ayuda a olvidar su entorno por unos minutos o unas horas, para entregarse por completo a la lectura.




miércoles, 8 de noviembre de 2017

DESHOJANDO LIBROS


Amo los libros. Vivo rodeada de ellos. Ver un libro estropeado, con las tapas arrancadas, o las páginas alabeadas por la humedad, me produce desazón, como si el libro estuviese lisiado, enfermo, necesitado de cuidados y cariño. Y ya no digamos la idea de que alguien arranque las hojas de un libro. Me parece una falta de respeto lindante con la tortura. Sin embargo... resulta que he leído un cuento sobre alguien que destripa libros y me ha gustado. Incluso diría que he encontrado algo inspirador en ello. Que no cunda el pánico. No me voy a poner a arrancar hojas como una posesa, sin duda seguiré cuidando de mis libros lo mejor que sé, pero la literatura tiene eso: planta una semilla en tu cabeza, y nunca se sabe a dónde puede llevarte. Déjenme que les cuente. Todo es culpa de una escritora llamada Ali Smith. Escocesa, por más señas. Que escribe unos cuentos y unas novelas que te dejan, ¿cómo decirlo?.. lo cierto es que nunca son lo que esperas. En una antología recientemente publicada, Amor libre, hay un relato, que lleva por título "Lectura del día" que no puede dejar indiferente a ningún bibliómano. Su protagonista, Melissa, es una joven que tiene el piso lleno de libros. (Empieza bien, ¿verdad?) La autora nos dice que en su piso hay:
"Libros y libros, libros de libros desplazándose imperceptiblemente de noche mientras los cimientos del bloque de pisos reformado hacían estremecerse al edificio. Libros los unos contra los otros, tan juntos que las cubiertas de varios de ellos se habían pegado; de haber querido sacar Villette de Charlotte Brontë (Penguin) para releerlo, por ejemplo, Melissa lo habría encontrado pegado de un lado a Shirley (Penguin) y del otro a un ejemplar de 1933 de Testament of Youth de Vera Brittain (Gollancz), firmado por la autora, que había encontrado por cincuenta peniques en el mercadillo de una biblioteca pública."
(Hasta aquí, nada raro; el bibliómano se siente plenamente identificado. Piensa, incluso, qué libros de su propia estantería se quedarían enganchados unos a otros.) Pero un buen día Melissa parece hartarse de todo: deja a su novio, no va a trabajar, deja de pagar las facturas y, por último, empieza a desparramar los libros por todo el piso. (Mal síntoma, piensa el bibliómano.) Y luego, desaparece. Su amiga Austen (un nombre perfecto para la amiga de una amante de los libros), va a su piso y lo encuentra así:
"los libros, los libros, la niña de sus ojos, se veían rarísimos en esas dos estancias, tan desordenados, tirados por el suelo o apilados al azar, inmensos huecos en las estanterías, pared arriba, libros tumbados, inclinados, hasta libros desperdigados por el baño y todo."
(En efecto, algo va muy mal, corrobora nuestro avezado lector.)   
Mientras, en algún otro lugar, Melissa ha emprendido una peculiar campaña de lectura. Una lectura que consiste en ir arrancando las hojas de los libros que va leyendo, dejando que vuelen por ahí, Sistemáticamente, relee sus libros favoritos y los deshoja. La lista es larga y dolorosa. Pero ella solo siente alivio. Como cuando, sentada sobre la lápida de un cementerio, deshoja nada menos que a Joyce:
"Dublineses lo había releído, disfrutándolo inmensamente, arrancando las páginas según las iba terminando y dejándolas caer mientras caminaba o estaba sentada. Nunca había disfrutado tanto la lectura de «Los muertos», descubrió Melissa mientras, al borde de las lágrimas, arrancaba la última página, la página sobre la nieve, y la dejó caer."
(¡Ah! aquí el bibliómano siente nacer una llamita en su interior: recuerda ese último párrafo magistral de "Los muertos" en el que cae la nieve  sobre Dublín, y sobre la tumba de Michael Furey, muerto hace tantos años. La nieve "reposaba espesa, al azar, sobre una cruz corva y sobre una losa, sobre las lanzas de la cancela y sobre las espinas yermas". Cae sobre el universo, "sobre todos los vivos y sobre los muertos". Derramar las hojas de "Los muertos" sobre la lápida de un cementerio nevado le parece súbitamente una buena idea.) A veces, esas hojas las encuentra gente corriente, que va por la calle, o en el autobús. Y, también a veces, esas briznas de literatura tienen efectos inesperados. Como le ocurre a la mujer que encuentra el fragmento de un poema enganchado a su zapato de tacón: 
"Las palabras que había pinchado con el tacón le parecieron preciosas, y dobló el papel y lo metió en un escondrijo secreto, debajo del forro del cajón del maquillaje. No le contó a nadie que las había encontrado."
 (Sembrar literatura, piensa el bibliómano. Tal vez, tal vez, deshojar libros no esté tan mal.) No voy a revelarles lo que ocurre al final, ya bastante les he adelantado. Léanlo, se lo recomiendo. Solo les diré que, paradójicamente, esta joven que deshoja libros transmite un inmenso amor por ellos. (El bibliómano, sonriente, manifiesta su aprobación.)

Ali Smith. Por supuesto, rodeada de libros.
(Foto New Statesman)